Capitulo Uno :
El ascenso del senor oscuro
Los dos hombres aparecieron de la nada, a unas yardas de distancia en
un sendero angosto e iluminado por la luna. Por un segundo se quedaron
quietos, apuntándose con las varitas el uno al pecho del otro: luego,
habiéndose reconocido, las guardaron bajo sus capas y se pusieron a caminar,
lado a lado, en la misma dirección.
- ¿Alguna novedad?-preguntó el más alto de los dos.
-La mejor.-respondió Snape.
El sendero estaba bordeado a la izquierda por matorrales silvestres de
lento crecimiento, a la derecha con un alto y pulcramente recortado seto. Las
largas capas de los hombres flameaban alrededor de sus tobillos mientras
marchaban.
-Aunque podría ser tarde, -dijo Yaxley, sus rasgos fofos entraban y salían
de la vista cuando las ramas de los árboles colgantes interrumpían la luz de la
luna-. Fue un poco más engañoso de lo que pensaba. Pero espero que esté
satisfecho. Pareces confiar en que tu recepción será buena.
Snape asintió, pero no se explicó. Giraron a la derecha, a un amplio
camino de acceso en el que desembocaba el sendero. El alto seto se curvaba
alejándose de ellos, extendiéndose en la distancia más allá del par de
impresionantes verjas de hierro que interrumpían el camino de los hombres.
Ninguno de ellos dio un paso; en silencio ambos alzaron sus brazos izquierdos
en una especie de saludo y pasaron a través del metal oscuro que era humo.
Las hierbas amortiguaban el sonido de los pasos de los hombres. Se oyó
un susurró en algún lugar a su derecha; Yaxley sacó su varita, de nuevo probó
no ser nada más que un pavo real blanco, pavoneándose majestuosamente a
lo largo de lo alto del seto.
-Lucius siempre se lo tuvo muy creído. Pavos reales... -Yaxley metió su
varita de vuelta bajo su capa con un resoplido.
Una hermosa casa solariega surgió en la oscuridad al final del recto
camino, con luces destellando en las ventanas con forma de diamante del piso
inferior. En algún lugar del oscuro jardín más allá del seto una fuente estaba
en funcionamiento. La grava crujió bajo sus pies cuando Snape y Yaxley se
apresuraron hacia la puerta principal, que se abrió hacia adentro ante su
aproximación, aunque no había nadie visible que la abriera.
El vestíbulo era grande, pobremente iluminado, y suntuosamente
decorado, con una magnífica alfombra que cubría la mayor parte del suelo de
piedra. Los ojos de los retratos de caras pálidas en las paredes siguieron a
Snape y Yaxley mientras los pasaban a grandes zancadas. Los dos hombres se
detuvieron ante una pesada puerta de madera que conducía a la siguiente
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habitación, dudando durante el espacio de un latido de corazón, entonces
Snape giró la manilla de bronce.
El estudio estaba lleno de gente silenciosa, sentada a lo largo de una
mesa ornamentada. El mobiliario usual de la habitación había sido empujado
descuidadamente contra las paredes. La iluminación provenía de un rugiente
fuego bajo una hermosa chimenea de mármol trasmontada por una ventana
dorada. Snape y Yaxley se demoraron un momento en el umbral. Cuando sus
ojos se acostumbraron a la falta de luz, fueron atraídos hacia adelante por los
extraños rasgos de la escena de una figura humana aparentemente
inconsciente que colgaba bocabajo sobre la mesa, revolviéndose lentamente
como suspendida por una cuerda invisible, y reflejada en el espejo y en la
desnuda y pulida superficie de la mesa de abajo. Ninguna de las personas
sentadas bajo esta singular visión estaba mirándola excepto por un joven
pálido sentado casi directamente bajo ella. Parecía incapaz de evitar mirar
hacia arriba a cada minuto o así.
-Yaxley, Snape, -dijo una voz alta y clara desde la cabecera de la mesa-.
Llegáis convenientemente tarde.
El que hablaba estaba sentado directamente ante el fuego, así que fue
difícil, al principio, para los recién llegados divisar algo más que su silueta.
Cuando se acercaron, sin embargo, su cara brilló a través de las sombras, sin
pelo, con aspecto de serpiente, con rajas por nariz y brillantes ojos rojos
cuyas pupilas eran verticales. Estaba tan pálido que parecía emitir un brillo
perlado.
-Severus, aquí, -dijo Voldemort, señalando el asiento a su inmediata
derecha-. Yaxley... junto a Dolohov.
Los dos hombres ocuparon sus lugares asignados. La mayoría de los ojos
alrededor de la mesa siguieron a Snape, y estaban posando en él cuando
Voldemort habló primero.
-¿Y?
-Mi Señor, La Orden del Fénix tiene intención de trasladar a Harry Potter
de su actual lugar seguro el próximo sábado, al anochecer.
El interés alrededor de la mesa se agudizó palpablemente. Algunos se
tensaron, otros se inquietaron, todos miraban fijamente a Snape y Voldemort.
-Sábado... al anochecer, -repitió Voldemort. Sus ojos rojos se fijaron en
los negros de Snape con tanta intensidad que algunos de los observadores
apartaron la mirada, aparentemente temerosos de que ellos mismos
resultaran quemados por la ferocidad de la mirada. Snape, sin embargo,
devolvió la mirada tranquilamente a la cara de Voldemort y, después de un
momento o dos, la boca sin labios de Voldemort se curvó en algo parecido a
una sonrisa.
-Bien. Muy bien. Y esta información proviene de...
-... de la fuente que hemos discutido, -dijo Snape.
-Mi Señor.
Yaxley se había inclinado hacia adelante para mirar mesa abajo hacia
Voldemort y Snape. Todas las caras se giraron hacia él.
-Mi Señor, yo he oído algo diferente.
Yaxley esperó, pero Voldemort no habló, así que siguió,
-A Dawlish, el Auror, se le escapó que Potter no será trasladado hasta el
día treinta, la noche antes de que el chico cumpla diecisiete.
Snape estaba sonriendo.
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-Mi fuente me dijo que plantarían un falso rastro; este debe ser. Ni dudo
de que Dawlish está bajo un Encantamiento Confundus. No sería la primera
vez; se sabe que es susceptible.
-Te aseguro, mi Señor, que Dawlish parecía bastante seguro, -dijo Yaxley.
-Si estaba Confundido, naturalmente que estaría seguro, -dijo Snape-. Yo
te aseguro, Yaxley, que la Oficina de Aurores no tomará parte en la
protección de Harry Potter. La Orden cree que tenemos infiltrados en el
Ministerio.
-La Orden tiene razón en algo entonces, ¿verdad? -dijo un hombre bajo y
grueso sentado a corta distancia de Yaxley; soltó una risita silbante que
resonó allí y a lo largo de la mesa.
Voldemort no rió. Su mirada había vagado hacia arriba hasta el cuerpo
que se revolvía lentamente en lo alto, y parecía estar perdido en sus
pensamientos.
-Mi señor, -siguió Yaxley-. Dawlish cree que toda una partida de Aurores
se ocupará de trasladar al chico...
Voldemort alzó una larga mano blanca, y Yaxley se calló al instante,
observando resentido como Voldemort volvía a girarse hacia Snape.
-¿Dónde van a ocultar al chico a continuación?
-En la casa de un miembro de la Orden, -dijo Snape-. El lugar, según la
fuente, ha sido equipado con cada protección que la Orden y el Ministerio
juntos han podido proporcionar. Creo que habrá poca oportunidad de cogerle
una vez esté allí, mi Señor, a menos, por supuesto, que el Ministerio haya
caído antes del próximo Sábado, lo cual podría darnos la oportunidad de
descubrir y deshacer los suficientes encantamientos como para romper el
resto.
-Bien, ¿Yaxley? -llamó Voldemort mesa abajo, la luz del fuego iluminaba
extrañamente sus ojos rojos-. ¿Habrá caído el Ministerio para el próximo
Sábado?
Una vez más, todas las cabezas se giraron. Yaxley cuadró los hombros.
-Mi Señor, tengo buenas noticias sobre ese punto. He... con dificultad y
después de grandes esfuerzos... tenido éxito al colocar una Maldición Imperios
sobre Pius Thircknesse.
Muchos de los sentados alrededor de Yaxley parecieron impresionados; su
vecino, Dolohov, un hombre con una larga y retorcida cara, le palmeó la
espalda.
-Es un comienzo, -dijo Voldemort-. Pero Thicknesse es solo un hombre.
Scrimgeour debe estar rodeado por nuestra gente antes de que yo actúe. Un
atentado fallido contra la vida del Ministro me hará retroceder un largo tramo
del camino.
-Si... mi Señor, eso es cierto... pero ya sabe, como Jefe del
Departamento de Refuerzo de la Ley Mágica, Thicknesse tiene contacto
regular no solo con el propio Ministro, sino también con los Jefes de todos los
demás departamentos del Ministerio. Será, creo yo, fácil ahora que tenemos a
un oficial de tan alto rango bajo nuestro control, subyugar a los otros, y
después podemos trabajar todos juntos para someter a Scrimgeour.
-Mientras nuestro amigo Thicknesse no sea descubierto antes de
convertir al resto, -dijo Voldemort-. En cualquier caso, parece improbable
que el Ministerio vaya a ser mío antes del próximo Sábado. Si no podemos
tocar al chico en su destino, debemos hacerlo mientras viaja.
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-Tenemos ventaja ahí, mi Señor, -dijo Yaxley, que parecía decidido a
recibir alguna porción de aprobación-. Ahora tenemos a varias personas
plantadas dentro del Departamento de Transporte Mágico. Si Potter se
Aparece o utiliza la Red Flu, lo sabremos inmediatamente.
-No harán ninguna de las dos cosas, -dijo Snape-. la Orden está
esquivando cualquier forma de transporte que esté controlada o regulada por
el Ministerios; desconfían de todo lo que tenga que ver con ellos.
-Todavía mejor, -dijo Voldemort-. Tendrá que salir a campo abierto. Más
fácil de tomar, con mucho.
De nuevo Voldemort levantó la mirada hacia el cuerpo que se revolvía
lentamente mientras seguía,
-Me ocuparé del chico en persona. Se han cometido demasiados errores
en lo que a Harry Potter concierne. Algunos de ellos han sido míos. Que Potter
viva se debe más a mis errores que a sus triunfos.
La compañía alrededor de la mesa observaba a Voldemort
aprensivamente, cada uno de ellos, por su expresión, temiendo que pudieran
ser culpados por la continuada existencia de Harry Potter. Voldemort, sin
embargo, parecía estar hablando más para sí mismo que para ninguno de ellos,
todavía dirigiéndose al cuerpo inconsciente sobre él.
-He sido descuidado, y así me he visto frustrado por la suerte y la
oportunidad, demoledoras de nada más y nada menos que de los planes mejor
trazados. Pero ahora soy más listo. Entiendo lo que no entendía antes. Debo
ser yo quien mate a Harry Potter, y lo haré.
Ante esas palabras, aparentemente en respuesta a ellas, sonó un
repentino aullido, un terrible y desgarrador grito de miseria y dolor. Muchos
de los sentados ante la mesa miraron hacia abajo, sobresaltados, por el sonido
que había parecido surgir de debajo de sus pies.
-Colagusano, -dijo Voldemort, sin cambiar su tono tranquilo y pensativo,
y sin apartar los ojos de cuerpo que se removía arriba-. ¿No te he dicho que
mantuvieras a nuestro prisionero tranquilo?
-Si, m...mi Señor, -jadeó un hombrecillo en mitad de la mesa, que había
estado sentado tan abajo en su silla que ésta había parecido, a primera vista,
estar desocupada. Ahora se revolvió en su asiento y salió a toda prisa de la
habitación, no dejando tras él nada más que un curioso brillo plateado.
-Como estaba diciendo, -continuó Voldemort, mirando de nuevo a las
caras tensas de sus seguidores-. Ahora soy más listo, necesitaré, por ejemplo,
tomar prestada la varita de uno de vosotros antes de ir a matar a Potter.
Las caras a su alrededor no mostraron nada menos que sorpresa; podría
haber anunciado que quería coger prestado uno de sus brazos.
-¿Ningún voluntario? -dijo Voldemort-. Dejadme ver... Lucius, no veo
razón para que sigas teniendo una varita.
Lucius Malfoy levantó la mirada. Su piel parecía amarillenta y cerosa a la
luz del fuego, y sus ojos estaban hundidos y sombríos. Cuando habló, su voz
era ronca.
-¿Mi Señor?
-Tu varita, Lucios. Exijo tu varita.
-Yo...
Malfoy miró de reojo a su esposa, que estaba mirando directamente
hacia adelante, tan pálida como él, su largo pelo rubio colgaba por su espalda,
pero bajo la mesa sus dedos esbeltos se cerraron brevemente sobre la muñeca
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de su esposo. Ante su toque, Malfoy metió la mano en la túnica, retirando una
varita, y pasándosela a Voldemort, que la sostuvo en alto delante de sus ojos
rojos, examinándola atentamente.
-¿Qué es?
-Olmo, mi Señor, -susurró Malfoy.
-¿Y el centro?
-Dragón... nervio de corazón de dragón.
-Bien, -dijo Voldemort. Sacó su propia varita y comparó sus longitudes.
Lucius Malfoy hizo un movimiento involuntario; durante una fracción de
segundo pareció como si esperara recibir la varita de Voldemort a cambio de
la suya. El gesto no le pasó por alto a Voldemort, cuyos ojos se abrieron
maliciosamente.
-¿Darte mi varita, Lucius? ¿Mi varita?
Algunos de los miembros de la multitud rieron.
-Te he dado tu libertad, Lucius, ¿no es suficiente para ti? Pero he notado
que tú y tu familia parecéis menos felices que antes... ¿Qué hay en mi
presencia en tu casa que te disguste, Lucius?
-Nada... ¡nada, mi Señor!
-Que mentiroso, Lucius...
La suave voz pareció sisear incluso después de que la cruel boca hubiera
dejado de moverse. Uno o dos de los magos apenas reprimieron un
estremecimiento cuando el siseo creció en volumen; algo pesado podía oírse
deslizándose por el suelo bajo la mesa.
La enorme serpiente emergió para escalar lentamente por la silla de
Voldemort. Se alzó, pareciendo interminable, y fue a descansar sobre los
hombros de Voldemort; su cuello era más grueso que el muslo de un hombre;
sus ojos, con sus rajas verticales por pupilas, no parpadeaban. Voldemort
acarició a la criatura ausentemente con largos dedos finos, todavía mirando a
Lucius Malfoy.
-¿Por qué los Malfoy parecen tan infelices con su suerte? ¿No es mi
retorno, mi ascenso al poder, lo que profesaban desear durante tantos años?
-Por supuesto, mi Señor, -dijo Lucius Malfoy. Su mano temblaba cuando
se limpió el sudor del labio superior-. Lo deseábamos... lo deseamos.
A la izquierda de Malfoy su esposa hizo un extraño y rígido asentimiento,
sus ojos evitaban a Voldemort y a la serpiente. A su derecha, su hijo, Draco,
que había estado mirando fijamente hacia arriba al cuerpo inerte en lo alto,
miró rápidamente hacia Voldemort y apartó la mirada una vez más, aterrado
de hacer contacto ocular.
-Mi Señor, -dijo una mujer oscura en mitad de la mesa, su voz sonaba
constreñida por la emoción-, es un honor tenerte aquí, en la casa de nuestra
familia. No puede haber mayor placer.
Sentada junto a su hermana, tan diferente a ella en aspecto, con su pelo
oscuro y ojos pesadamente perfilados, como lo era en aguante y
comportamiento; donde Narcissa se sentaba rígida e impasible, Bellatrix se
inclinaba hacia Voldemort, como si las meras palabras no pudieran demostrar
su anhelo de estar más cerca.
-No hay más alto placer, -repitió Voldemort, su cabeza se inclinó un poco
a un lado mientras evaluaba a Bellatrix-. Eso significa mucho, Bellatrix,
viniendo de ti.
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La cada de ella se llenó de color, sus ojos se inundaron de lágrimas de
deleite.
-¡Mi Señor sabe que no dijo mas que la verdad!
-No hay más alto placer... ¡ni siquiera comparado con el feliz evento que,
según he oído, ha tenido lugar esta semana en tu familia!
Ella le miró, con los labios separados, evidentemente confusa.
-No sé lo que quieres decir, mi Señor.
-Estoy hablando de tu sobrina, Bellatrix. Y la vuestra, Lucius y Narcissa.
Se acaba de casar con el hombre lobo, Remus Lupin. Debéis estar orgullosos.
Hubo una explosión de risas socarronas alrededor de la mesa. Muchos se
inclinaron hacia adelante para intercambiar miradas divertidas, unos pocos
golpearon la mesa con los puños. La gran serpiente, disgustada por el
disturbio, abrió la boca de par en par y siseó furiosamente, pero los
mortífagos no lo oyeron, tan jubilosos como estaban ante la humillación de
Bellatrix y los Malfoy. La cara de Bellatrix, tan recientemente ruborizada de
felicidad, se había vuelto de un feo y manchado rojo.
-No es prima nuestra, mi Señor, -gritó sobre el regocijo-. Nosotros...
Narcissa y yo... nunca volvimos a ver a nuestra hermana desde que se casara
con el sangre sucia. Esa mocosa no tiene nada que ver con ninguna de
nosotras, ni ninguna bestia con la que se haya casado.
-¿Qué dices tú, Draco? -preguntó Voldemort, y aunque su voz era queda,
fue llevada claramente a través de silbidos y risotadas-. ¿Harás de canguro a
los engendros?
El regocijo creció; Draco Malfoy miraba aterrorizado a su padre, que
bajaba la mirada a su propio regazo, entonces captó la mirada de su madre.
Ella sacudió la cabeza casi imperceptiblemente, después reasumió su propia
mirada impasible hacia la pared opuesta.
-Ya basta, -dijo Voldemort, acariciando a la furiosa serpiente-. Ya basta.
Y la risa murió al instante.
-Muchos de nuestros más antiguos árboles familiares se han vuelto un
poco descuidados con el paso del tiempo, -dijo cuando Bellatrix le miró
fijamente, sin aliento e implorante-. ¿Qué debes podar y qué no para
mantenerlo saludable? Cortas aquellas partes que amenazan la salud del resto.
-Si, mi Señor, -susurró Bellatrix, y sus ojos se inundaron de nuevo con
lágrimas de gratitud-. ¡A la primera oportunidad!
-Debes hacerlo, -dijo Voldemort-. y en tu familia, al igual que en el
mundo... debemos cortar el cáncer que nos infecta hasta que solo los de la
sangre auténtica permanezcan...
Voldemort alzó la varita de Lucius Malfoy, apuntándola directamente a la
figura que se revolvía lentamente suspendida sobre la mesa, y le dio una
pequeña sacudida. La figura volvió a la vida con un gemido y empezó a luchar
contra ataduras invisibles.
-¿Reconoces a nuestra invitada, Severus? -preguntó Voldemort.
Snape alzó los ojos a la cara que estaba bocabajo. Todos los mortífagos
estaban mirando hacia la cautiva ahora, ya que se les había dado permiso
para mostrar curiosidad. Cuando volvió la cara hacia la luz del fuego, la mujer
dijo con voz rota y aterrada.
-¡Severus! ¡Ayúdame!
-Ah, si, -dijo Snape cuando la prisionera volvió a girar lentamente hacia
otro lado.
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-¿Y tú, Draco? -preguntó Voldemort, acariciando el hocico de la serpiente
con la mano libre de la varita. Draco sacudió la cabeza tirantemente. Ahora
que la mujer había despertado, parecía incapaz de seguir mirándola.
-Pero no tendrás que asistir a sus clases, -dijo Voldemort-. Para aquellos
de vosotros que no lo sepáis, nos reunimos aquí esta noche por Charity
Burbage quien, hasta recientemente, enseñaba en la Escuela Hogwarts de
Magia y Hechicería.
Se produjeron pequeños ruidos de comprensión alrededor de la mesa.
Una mujer ancha y encorvada con dientes puntiagudos cacareó.
-Si... la profesora Burbage enseñaba a los hijos de brujas y magos todo
sobre los muggles.... como no son tan diferentes a nosotros...
Uno de los mortífagos escupió en el suelo. Charity Burbage volvió la cara
de nuevo hacia Snape.
-Severus... por favor... por favor.
-Silencio, -dijo Voldemort, con otro golpe de la varita de Malfoy Charity
cayó en silencio como amordazada-. No me alegra la corrupción y
contaminación de las mentes de niños magos, la semana pasada la Profesora
Burbage escribió una apasionada defensa de los sangre sucia en el Profeta. Los
magos, dijo, deben aceptar a ladrones de su conocimiento y magia. La
mengua de los purasangre es, dice la Profesora Burbage, una circunstancia de
lo más deseable.... Haría que todos nosotros nos emparejáramos con
muggles... o, sin duda, con hombres lobo...
Nadie rió esta vez. No había duda de la furia y el descontento en la voz
de Voldemort. Por tercera vez, Charity Burbage se revolvió para enfrentar a
Snape. Corrían lágrimas desde sus ojos hasta su pelo. Snape le devolvió la
mirada, impasible, mientras ella giraba otra vez lentamente.
-Avada Kedavra.
El destello de luz verde iluminó cada esquina de la habitación. Charity
cayó con un resonante golpe sobre la mesa de abajo, que tembló y se partió.
Varios de los mortífagos saltaron hacia atrás en sus sillas. Draco cayó fuera de
la suya hasta el suelo.
-La cena, Nagini, -dijo Voldemort suavemente, y la gran serpiente se
balanceó y se deslizó de su hombro hasta el suelo pulido.
miércoles, 15 de julio de 2009
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